2 de enero de 2014

La Guerra Civil en Autillo, según testimonios orales





Siempre que trato cualquier asunto relacionado con la Guerra Civil Española, procuro verlo casi con la misma distancia y desapasionamiento que me provoca el tratar algo relativo a la Guerra de Cuba o a las Guerras Carlistas. Y eso mismo es lo que pretendo si trato de aproximarme por primera vez a los oscuros acontecimientos que sucedieron en Autillo al comienzo de nuestra guerra. Este tema no ha sido objeto en absoluto de ninguna de mis investigaciones pasadas, por tanto me limito a plasmar, por escrito, las escasas referencias orales que me han llegado por parte de las pocas personas a las que he oído hablar sobre este tema. El tiempo hace que nada de lo que pueda decir aquí pueda ofender a nadie, pues no quedan combatientes vivos de ningún bando a los que se pueda ofender, y los que puedan recordar algunos de estos acontecimientos no eran más que niños durante la época de la contienda. Por tanto, la Guerra Civil no es ni la guerra de aquellos que ahora tengan más o menos mi edad, ni siquiera la de nuestros padres, y sí en todo caso de la de nuestros abuelos y bisabuelos. Es cierto que aún quedan vivos algunos que sufrieron la represión en las personas de sus parientes próximos, e incluso la muerte de alguno de sus progenitores, pero éstos son muy mayores y todos, ellos y los hijos de un bando u otro, han dado pruebas sobradas de sensatez, sentido de la vecindad, perdón sincero y sobre todo deseo de que jamás se vuelvan repetir aquellos tiempos, ni las causas que los originaron. Lo que sí ruego encarecidamente es que me disculpen si no soy capaz de interpretar correctamente lo que se me contó de forma oral hace tantos años, y si cometo algún error no intencionado por mi parte.

Cuando era pequeño oí decir que los acontecimientos de la guerra se escuchaban en el par de radios que existían en el pueblo. Los primeros días eran de desasosiego, y más cuando los primeros días los frentes de batalla aún no estaban bien definidos y las diferentes plazas militares y civiles iban definiéndose hacia un bando u otro. En esos primeros días los republicanos de Autillo tenían motivos para querer estar bien informados de la marcha de los acontecimientos, su vida le iba en ello. Como era verano, me contaron, que un significado partidario de la República volvió al pueblo de realizar sus faenas agrícolas propias de la época y pasó por las eras que hay a la entrada del pueblo. Alguien le levantó el brazo realizando el saludo falangista y le gritó a la distancia “¡Arriba España!”, a lo cual él le respondió: “No gritéis tan alto que la pelota está aún en el tejado”.

Por lo que me han referido, y yo tampoco he hecho mucho esfuerzo en comprobar, al estallar la guerra era alcalde de Autillo Valentín Tejerina, perteneciente a un partido de derechas. Un antecesor suyo en el cargo había sufrido pocos años antes el ataque a su casa por parte de falangistas provenientes del vecino lugar de Fuentes de Nava. Al parecer le rompieron los vidrios de su balconada acristalada, que creo que aún se conserva en la calle del Perú (corrupción del nombre antiguo de la calle del Perul). Se instauró así la funesta costumbre, importada desde la Italia fascista, de que un grupo de fanáticos de la falange viniesen procedentes de otros lugares a sembrar el terror a sus contrarios políticos, como forma eficaz de presión y amedrentamiento.

Cuando estuvo claro que toda Castilla la Vieja cayó en el bando nacional, dos izquierdistas republicanos huyeron del pueblo, y ambos se marcharon a trabajar como temporeros a algún pueblo de las provincias limítrofes con Palencia, con intención de ocultar su pasado político.

Pronto, muy pronto, vinieron las primeras camionetas cargadas de voluntarios falangistas procedentes de sabe Dios dónde, para arrestar y fusilar a aquellos que se habían significado como reconocidos republicanos. De nuestro pueblo sacaron a unos seis hombres, entre ellos a un joven de dieciocho años cuyo único delito había sido el ser abanderado en una manifestación, como miembro que era de la Casa del Pueblo de Autillo de Campos. Todos ellos fueron fusilados a la altura de la Fuente de Quintanilla en la carretera que va de Fuentes de Nava a Frechilla, y sus restos se enterraron en el cementerio de esta última localidad.

Eulogio Herrán Alonso, natural de Fuentes, escribió en sus impagables y enternecedoras memorias lo siguiente sobre el asunto, como testigo de aquellos aciagos acontecimientos:

“El día 18 de agosto arrancamos de la era Alfredo y yo a por el viaje de mies que por la tarde se metía en la era y salíamos del pueblo con dirección al puente viejo del Canal de Castilla, llegamos al cercado de don Donato y a mí me sorprendió mucho al ver muchas rodadas de coche y cuando pasamos del puente seguían las marcas por la carretera de Autillo y nosotros cogimos la dirección Frechilla que había menos rodadas; al poco trecho nos metimos a la izquierda, término llamado La Muñeca. Empezamos a cargar el carro y también comenzaron a pasar coches; el segundo llevaba una bandera negra a la delantera izquierda y a la derecha la nacional bicolor. Ese coche era el de “escuadra de la muerte”; le seguían más coches a donde llevarían a los detenidos, diez u once, que eran de la Casa del Pueblo de Autillo de Campos. Al poco tiempo pasó otro coche en el que iban don Anacleto Carriedo y Sixto Matía, éstos vecinos de Fuentes. Este fue el único comentario que hizo el Alfredo, con quien yo trabajaba: “habrá algo en Frechilla, de ir Carriedo y Sixto”. Sentimos unos tiros, ya que no estábamos lejos del lugar de donde se desarrollaba el hecho, mas como estaban en la ladera de un bajo que hacía el terreno, cerca del término que se conocía por la Fuente de la Salud, que tenía un agua muy buena y fresca. Estábamos terminando de cargar cuando vimos al señor Eugenio Gil, auxiliar de la carretera de Frechilla, en el burro montado y con las siguientes lamentaciones: “les están matando como a conejos”. Esto que vio aquel 18 de agosto de 1936 le costó la muerte, porque no tardó mucho en enfermar y tampoco tardó mucho en fallecer”. Para leer el resto del relato, pinchad aquí en el enlace: http://jei.pangea.org/eulogio/

Por aquellas fechas vinieron al término municipal de Autillo otros falangistas con once prisioneros republicanos. Según las memorias de Eulogio Herrán, fue el día 12 de agosto de 1936. Eran procedentes de Medina de Rioseco y a todos los fusilaron en la carretera que va de Autillo a Fuentes, a mano derecha, no mucho más allá de pasado el cruce. El reguero de sangre fertilizó la tierra durante años, y el trigo creció durante años mucho más alto que en resto de la finca. Allí los dejaron a todos por muertos, pero una mujer del grupo de fusilados, se levantó de entre los cadáveres, mal herida y casi a rastras pudo llegar a Fuentes de Nava a pedir auxilio. Desgraciadamente allí le dieron el tiro de gracia. Eulogio Herrán lo recoge así: “…Precisamente sabíamos que el día 12 de agosto habían aparecido 11 cadáveres a la izquierda de la carretera de Autillo con dirección a Villarramiel, y una señora que no murió en el acto y anduvo por las eras, se rumorea que la mató Fuentero, vecino de Fuentes”.

A los once de Rioseco se les enterró en el cementerio de Autillo en una fosa colectiva cuadrada pegada a la tapia lateral izquierda, justo enfrente de una casetita que hay en la esquina izquierda del camposanto. Los que excavaron la fosa fueron jornaleros del pueblo, todos ellos afectos al ideario izquierdista por razones obvias, a los que alguien les dijo en tono amenazador y admonitorio “Lo que veis, esperáis”. Esta es otra de las frases pronunciadas por un autillano en un momento dado, que han hecho historia, y se han repetido por generaciones.

Durante muchos años puede ver ese espacio, sin inscripción, perfectamente cuadrado y cubierto por la yerba. Hace unos años vinieron de una asociación de la memoria histórica procedentes de Medina de Rioseco, a reclamar los restos de sus parientes perdidos. Si hubiesen venido no muchos años antes se habrían encontrado ese cuadrado perfectamente definido, pero lo que hallaron fue que la tumba colectiva había sido ocupada por modernos panteones familiares, y sus restos ilocalizables.

Pasado el verano del 36, cuando el control de las nuevas autoridades nacionales era total en su área, al menos uno de los dos autillanos prófugos que citamos anteriormente, decidió volver a su casa y ocultarse como un verdadero “topo”. Su mujer lo ocultaba en las trampas de las glorias de la casa cada vez que venía algún extraño preguntando por él, o simplemente cuando alguien venía de visita. El “topo” autillano dejó embarazada a su esposa y la buena mujer tuvo que mentir y decir que era fruto de su relación con alguien al que le guardaba el anonimato. En el pueblo se hacían toda clase de cábalas sobre el posible padre, unos decían que el padre podía ser un toresano ambulante que vendía vinos, al que se le había visto hablar con ella, mientras que otros sospechaban de algún lugareño.

Pero allí estuvo oculto el “topo”, en su casa, durante mucho tiempo, muchos meses hasta que fue descubierto por un ciego de la forma más insospechada. Al parecer un domingo donde este ciego decidió quedarse en casa y no asistir a misa, oyó que alguien daba de comer a las gallinas al otro lado de la tapia que daba al corral del vecino. Al oír su llamada a las gallinas, sus “pitas, pitas” creyó identificar a su vecino, de nombre Félix, y corrió a decírselo a alguien que acompañaba al ciego, a quien le dijo: “shuuuu…, escucha… ¿no es ése Félix llamando a las gallinas? Fue denunciado y puesto a recaudo de la Guardia Civil que lo detuvo. Un autillano, padre de uno de los tres soldados que murieron como soldados en el frente de batalla por el bando nacional, roto por el dolor de la pérdida de su hijo, intentó lincharlo, cosa que los guardias impidieron y le dijeron “ahora no, eso antes”. Aún así se llevó un bofetón que años más tarde, cuando recuperó su libertad, confesaba que aún tenía atravesado por injusto e inmerecido.

Vaya este relato como homenaje a los autillanos fusilados durante la guerra; a los tres soldados que murieron en campaña y aquellos que sufrieron la cárcel por unas causas que seguro no se han de repetir, y que por ello velamos todos los que creemos en los valores fraternales de la tolerancia y la democracia.

Por Marcial de Castro.